¿Agua dulce y amarga?
¿Acaso alguna fuente echa por una misma
abertura agua dulce y amarga? Santiago 3.11
¡Cuántas veces, viendo a nuestros hijos
dormir, nos sonreímos al reflexionar que, a pesar de todo, parecen “angelitos”!
Pensamos en ellos tratando de imaginarnos qué serán cuando crezcan y, deseando
que sean gente de bien, nos limitamos a arroparlos, orar por ellos y darles ese
beso sin el cual no podríamos ir a descansar tranquilas. Pero sucede que esa
tierna escena es tan nuestra que, aunque a veces alguno de ellos nos descubre,
mayormente no se entera de nuestro cariño nocturno. Sin embargo, nuestros hijos
necesitan de un cariño diurno, palpable, constante.
El abrazo practicado cada día, la sonrisa
oportuna, la felicitación por sus progresos, el aliento ante las dificultades y
el consuelo por sus fracasos o tristezas, el acercarles a Dios, y un esfuerzo
constante por levantar su autoestima, deben, sí o sí, tener lugar entre el
tiempo que dedicamos a Dios, a nuestro
esposo, a la casa, a sus ropas, a la comida, a las visitas, etc.
Te animo a vos, mamá, que tuviste el
doble privilegio de llevar a tus hijos en el vientre y de conducirlos de tu
mano por la vida; y a vos mamá, que aunque te faltó el primer privilegio, Dios
te entregó un pequeño para amarlo, cuidarlo y encaminarlo a llevar una vida de
bendición para vos y para quienes nunca, pero nunca van a olvidar tu ejemplo.
Podemos decir cosas muy lindas, enseñar
cosas muy buenas, pero si nuestra vida no refleja la excelencia que pretendemos
tengan nuestros hijos, todo el tesoro que pensamos acumular en sus corazones,
caerá en saco roto.
Generalmente creemos que para ser la
“madre ideal” debemos dejar de ser mujer, y nuestro rol de esposa pasa a
segundo plano, y ni qué decir de lo que como personas soñamos ser o de lo que
Dios planeó para nuestra vida.
Estoy convencida de que la vida que Dios
pensó para nosotras es una vida abundante (Juan 10.10b) y que nada tiene que
ver con la frustración que muchas madres experimentan en la lucha diaria por
satisfacer todas las demandas de sus seres queridos al relegarse a sí mismas
vez tras vez.
No creas mamá, que por dedicar media hora
a tu encuentro con Dios, quince minutos a tu arreglo personal diario, y dos o
tres veces por semana a tu superación a través de estudio o de la dedicación a
esa tarea que te hace sentir parte importante del mundo en que vivís; o
practicar gimnasia, algún deporte sano o entretenimiento para tu bienestar, vas
a ser menos madre o quizá muy egoísta.
Cuando el amor mal entendido te lleva a
abandonarte como persona, te convierte en una mujer amargada cuya constante
insatisfacción afecta tu relación con tu esposo, con tus hijos y hasta con tu
Señor.
Es entonces cuando la fuente que debería
echar agua dulce comienza a verter también agua amarga, increíblemente, por una
misma abertura.
No
imagino que nuestros hijos e hijas, que sueñan con ser profesionales,
deportistas, artistas, etc., planeen cortar su vocación al ser padres o madres,
sino por el contrario, siendo creyentes maduros, responsables, perfectamente
desarrollados en la voluntad de Dios para sus vidas, anhelan ser un día padres
y madres felices y equilibrados.
Además me pregunto si ellos nos miran a
nosotros también en esto como ejemplo a seguir y si desean ser “tan felices”
como lo somos nosotros”.
Por último, es mi deseo que tú seas una
fuente de la que solo brote agua dulce, y que tengas una feliz vida, mamá.