jueves, 3 de octubre de 2013

Las circunstancias y los sentimientos en las decisiones.


                                                               



Me dispuse a leer la Biblia y  encontré  un pasaje del Antiguo Testamento que relataba las circunstancias de la muerte del rey Saúl. Pensé: Para qué voy a leer algo tan feo, sabiendo que él se quitó la vida. Pero tenía la sensación  de que ese relato  podría enseñarme algo, asique lo leí. Se encuentra en el Primer libro de Samuel, capítulo 31.
Los israelitas, que estaban en guerra, y en plena batalla contra los filisteos huyeron y cayeron muertos en el monte de Gilboa. Dice la Biblia que entonces, los filisteos persiguieron  a Saúl y a sus hijos, y que mataron a los príncipes Jonatán, Abinadab y Malquisúa.
Arreció la batalla y le alcanzaron los flecheros, y Saúl  tuvo gran temor de ellos. Sin duda, debe ser aterrador ver  muchos enemigos cerca y sus flechas apuntándonos directamente.
El temor  el orgullo no son buenos consejeros, asique Saúl, eligió primero, morir a manos de su escudero, diciendo: “Saca tu espada y traspásame con ella, para que no vengan estos incircuncisos y me traspasen y me escarnezcan”, pero como éste también estaba dominado por el temor, no quería hacerlo. Relata la Biblia, en el mismo versículo (4), que “Entonces  tomó Saúl, su propia espada y se echó sobre ella”. Tal como la mayoría  de las personas que deciden terminar con su vida, Saúl vio las circunstancias que le eran adversas y creyó que esa era la “única salida digna”, o dicho de otra manera, pensó que sería lo mejor.
Dice el versículo 5 que viendo el escudero a Saúl muerto, él también se echó sobre su espada y murió. Tristemente, cada vez que una persona se suicida, deja una puerta abierta para que alguien más, haga lo mismo. Su decisión final, sienta precedentes.
Pero las consecuencias del temor  que relata esta historia, no terminaron allí.
El relato sigue diciéndonos que los israelitas que habían quedado del otro lado del valle, y del río Jordán, viendo que sus soldados habían huido, y que Saúl y sus hijos  habían muerto, dejaron las ciudades y huyeron, y los filisteos fueron y habitaron  en ellas.
Al día siguiente ocurrió el despojo. Los filisteos fueron a quitar de los muertos, todas aquellas cosas que les pudieran ser útiles para  sus soldados. Encontraron los cuerpos de Saúl y de sus hijos, y además de despojarlos, le cortaron la cabeza, y enviaron mensajeros con lo que para  ellos eran buenas noticias, a todo el territorio filisteo, al templo, a los ídolos y al pueblo.  Llevaron sus armas en el templo de Astarot, y colgaron su cuerpo en el muro de  Bet-sán.
Todo lo que  Saúl temía, era ser  objeto de burla y de vergüenza, y creyó que quitándose la vida, lo evitaría, más no fue así.
¿Qué hubiera sucedido si en vez de suicidarse hubiese peleado hasta que lo mataran? Creo que la historia lo recodaría como un hombre valiente que dio la vida por su pueblo, y quizá hasta sus enemigos lo respetarían. Esto es solo lo que yo pienso, pero  es evidente  que el mismo temor se apoderó también de su pueblo,  por eso huyeron también, dejando sus ciudades a sus enemigos...
La historia terminó en que:
Oyendo los de Jabes de Galaad lo que los filisteos le hicieron a Saúl, se levantaron todos los hombres valientes, dice la Biblia,  y anduvieron toda esa noche, recuperaron  el cuerpo de Saúl y los cuerpos  de sus hijos, que estaban colgados del muro de Bet- sán, y en Jabes los quemaron y sepultaron sus huesos debajo de un árbol y ayunaron siete días.
Esta historia, triste, por cierto, nos advierte que no es bueno dejarse llevar por el temor, o por el orgullo, y que el suicidio nunca es una mejor opción, ni la única salida. También nos muestra que cada decisión que tomamos y cada cosa que  hacemos, afectan la vida de los demás, comenzando por nuestros seres queridos.
A Saúl, al parecer, nunca se le ocurrió que Dios podría tener la última palabra, y actuó sin esperanza y sin fe en el Dios de los escuadrones de Israel, como lo proclamara el valiente David.

La vida  del cristiano es un guerra continua contra el mal, y el enemigo al que se enfrenta a diario, y sus ejércitos, son implacables, ya que su propósito es la aniquilación de todo cuanto Dios ama. Los que amamos a Jesucristo sabemos que la victoria nos fue garantizada en la cruz, y que Él nos dice: “No temas”. Te animo a confiar en el único Rey que jamás será vencido ni avergonzado porque Él  sí tiene la última palabra, la cual es fiel, verdadera y eterna.

                                                                                  Marcela Fasanelli.