domingo, 23 de diciembre de 2012

Aquellas navidades….


                                          

La expectación; El bullicio; la chispeante alegría en el aire; y, la cuenta regresiva, similar a la de cada cumpleaños.
La celebración en la iglesia con poemas, diálogos,  acrósticos y cantos, y la clausura de la Escuela Dominical, con los premios por asistencia, por haber invitado a más amiguitos, por puntualidad…
La cena en familia, el cordero, papá yendo y viniendo  con carne  y chinchulines para todos, coronada con turrones de toda clase, nueces y almendras,  pan dulce, ensalada de frutas y un poco de sidra.
Después venían  los fosforitos, los ajitos,  y las admirables cañitas voladoras.
¡Qué momento tan hermoso, cuando  exactamente a las 12:00 de la noche, el cielo estallaba en luces y sonidos esperados por  niños  y adultos!
Nunca se me ocurrió mirar a mamá o a papá  en las fiestas, y detenerme a pensar en lo que ellos estarían sintiendo mientras se ocupaban de hacernos felices. No sabía que cuando  los años son más veloces que los sueños, en medio de la navidad, el tiempo parece transcurrir en cámara lenta,  mientras los olores, las, luces, los sabores, las palabras, generan recuerdos.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero Jesús sigue siendo el centro de mis navidades, y sé que nunca lo dejará de ser.
                                                                                                Marcela Fasanelli.  23 de diciembre de 2012.