Me dispuse a leer la Biblia y encontré
un pasaje del Antiguo Testamento que relataba las circunstancias de la
muerte del rey Saúl. Pensé: Para qué voy a leer algo tan feo, sabiendo que él
se quitó la vida. Pero tenía la sensación
de que ese relato podría
enseñarme algo, asique lo leí. Se encuentra en el Primer libro de Samuel,
capítulo 31.
Los israelitas, que estaban en guerra, y en plena batalla
contra los filisteos huyeron y cayeron muertos en el monte de Gilboa. Dice la
Biblia que entonces, los filisteos persiguieron a Saúl y a sus hijos, y que mataron a los
príncipes Jonatán, Abinadab y Malquisúa.
Arreció la batalla y le alcanzaron los flecheros, y Saúl tuvo gran temor de ellos. Sin duda, debe ser
aterrador ver muchos enemigos cerca y
sus flechas apuntándonos directamente.
El temor el orgullo
no son buenos consejeros, asique Saúl, eligió primero, morir a manos de su
escudero, diciendo: “Saca tu espada y traspásame con ella, para que no vengan
estos incircuncisos y me traspasen y me escarnezcan”, pero como éste también
estaba dominado por el temor, no quería hacerlo. Relata la Biblia, en el mismo versículo
(4), que “Entonces tomó Saúl, su propia
espada y se echó sobre ella”. Tal como la mayoría de las personas que deciden terminar con su
vida, Saúl vio las circunstancias que le eran adversas y creyó que esa era la “única
salida digna”, o dicho de otra manera, pensó que sería lo mejor.
Dice el versículo 5 que viendo el escudero a Saúl muerto, él
también se echó sobre su espada y murió. Tristemente, cada vez que una persona
se suicida, deja una puerta abierta para que alguien más, haga lo mismo. Su
decisión final, sienta precedentes.
Pero las consecuencias del temor que relata esta historia, no terminaron allí.
El relato sigue diciéndonos que los israelitas que habían
quedado del otro lado del valle, y del río Jordán, viendo que sus soldados habían
huido, y que Saúl y sus hijos habían muerto,
dejaron las ciudades y huyeron, y los filisteos fueron y habitaron en ellas.
Al día siguiente ocurrió el despojo. Los filisteos fueron a
quitar de los muertos, todas aquellas cosas que les pudieran ser útiles
para sus soldados. Encontraron los
cuerpos de Saúl y de sus hijos, y además de despojarlos, le cortaron la cabeza,
y enviaron mensajeros con lo que para
ellos eran buenas noticias, a todo el territorio filisteo, al templo, a
los ídolos y al pueblo. Llevaron sus
armas en el templo de Astarot, y colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sán.
Todo lo que Saúl
temía, era ser objeto de burla y de vergüenza,
y creyó que quitándose la vida, lo evitaría, más no fue así.
¿Qué hubiera sucedido si en vez de suicidarse hubiese
peleado hasta que lo mataran? Creo que la historia lo recodaría como un hombre
valiente que dio la vida por su pueblo, y quizá hasta sus enemigos lo respetarían.
Esto es solo lo que yo pienso, pero es
evidente que el mismo temor se apoderó
también de su pueblo, por eso huyeron
también, dejando sus ciudades a sus enemigos...
La historia terminó en que:
Oyendo los de Jabes de Galaad lo que los filisteos le
hicieron a Saúl, se levantaron todos los hombres valientes, dice la Biblia, y anduvieron toda esa noche, recuperaron el cuerpo de Saúl y los cuerpos de sus hijos, que estaban colgados del muro de
Bet- sán, y en Jabes los quemaron y sepultaron sus huesos debajo de un árbol y
ayunaron siete días.
Esta historia, triste, por cierto, nos advierte que no es
bueno dejarse llevar por el temor, o por el orgullo, y que el suicidio nunca es
una mejor opción, ni la única salida. También nos muestra que cada decisión que
tomamos y cada cosa que hacemos, afectan
la vida de los demás, comenzando por nuestros seres queridos.
A Saúl, al parecer, nunca se le ocurrió que Dios podría
tener la última palabra, y actuó sin esperanza y sin fe en el Dios de los
escuadrones de Israel, como lo proclamara el valiente David.
La vida del cristiano
es un guerra continua contra el mal, y el enemigo al que se enfrenta a diario,
y sus ejércitos, son implacables, ya que su propósito es la aniquilación de
todo cuanto Dios ama. Los que amamos a Jesucristo sabemos que la victoria nos
fue garantizada en la cruz, y que Él nos dice: “No temas”. Te animo a confiar
en el único Rey que jamás será vencido ni avergonzado porque Él sí tiene la última palabra, la cual es fiel,
verdadera y eterna.
Marcela Fasanelli.
