Me gusta mirar los arboles. A menudo me hacen pensar en los seres humanos. Son bellos, (aunque algunos no tanto). Los hay altos, bajos, estilizados, gruesos, con exuberante follaje (melena) otros con casi nada o nada que los cubra.
Aunque se asemejan unos a otros se desarrollan de manera simple o intrincada, pero tienen su propio mundo de pájaros, de ardillas, de flores, de frutos, de abejas, de sombra, de rayos de sol.
Les lleva años llegar a ser lo que son y son testigos del tiempo, de la historia, pero a diferencia de los hombres nada pueden contar.
Hace cierto tiempo una gran tormenta azoto el departamento central de Paraguay. Como tantas otras veces, arraso con muchos árboles, pero ocurrió algo que quedo guardado por siempre en mi memoria. El techo de un negocio cayó sobre un hombre y el perdió la vida quedando su cuerpo doblado hacia adelante exactamente a la mitad.
Ese mismo día, me dirigí a la iglesia atravesando un terreno lleno de árboles y para mi sorpresa, aquel cocotero alto, que tenía aspecto de soberbio e indiferente, había sido quebrado por los vientos, exactamente igual que aquel hombre, a la mitad, y lucia humillado. Triste por la pérdida de la vida de aquel hombre afortunadamente desconocido para mí, no pude menos que pensar en la altivez y la fragilidad de los seres humanos, y en como en un momento todo lo que enorgullece a una persona, puede ser reducido a nada.
Hace poco tiempo, viajando por una de las rutas australianas, vi por primera vez en mi vida varios árboles que crecieron inclinados hacia el suelo por causa de los fuertes vientos que azotan sin cesar la región. Pensé en aquellas personas cuyas circunstancias familiares, sociales, financieras, espirituales, o de salud, no les han permitido desarrollarse normalmente hacia arriba.
Pensé en sus tristezas, en su resignación; en sus rebeldías, en sus decisiones equivocadas, en su violencia, y en lo que todos y cada uno de los miembros de la raza humana podemos y debemos hacer para levantar barreras de protección alrededor de ellas.
El Señor Jesucristo resumió los mandamientos de Dios para nosotros así:” Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. ”Mateo 22:36-40.
Dios nos ha dado los medios para hacerlo, el tiempo, la oportunidad. Solo nos resta pasar de la voluntad a la acción.
Marcela Fasanelli de Nuñez.
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