La expectación; El bullicio; la chispeante alegría en el
aire; y, la cuenta regresiva, similar a la de cada cumpleaños.
La celebración en la iglesia con poemas, diálogos, acrósticos y cantos, y la clausura de la
Escuela Dominical, con los premios por asistencia, por haber invitado a más
amiguitos, por puntualidad…
La cena en familia, el cordero, papá yendo y viniendo con carne
y chinchulines para todos, coronada con turrones de toda clase, nueces y
almendras, pan dulce, ensalada de frutas
y un poco de sidra.
Después venían los
fosforitos, los ajitos, y las admirables
cañitas voladoras.
¡Qué momento tan hermoso, cuando exactamente a las 12:00 de la noche, el cielo
estallaba en luces y sonidos esperados por
niños y adultos!
Nunca se me ocurrió mirar a mamá o a papá en las fiestas, y detenerme a pensar en lo
que ellos estarían sintiendo mientras se ocupaban de hacernos felices. No sabía
que cuando los años son más veloces que
los sueños, en medio de la navidad, el tiempo parece transcurrir en cámara
lenta, mientras los olores, las, luces,
los sabores, las palabras, generan recuerdos.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero Jesús sigue
siendo el centro de mis navidades, y sé que nunca lo dejará de ser.
Marcela Fasanelli. 23 de
diciembre de 2012.
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