Mirando la lluvia, desde la ventana de mi dormitorio, vi un
pequeño insecto, similar a una polilla, jugando en el agua que se acumulaba en
el patio. Iba de lado a lado, de baldosa en baldosa,sacudiendo
sus pequeñas alitas.
Decidí grabar el momento, asique tomé mi cámara, y fui
presurosa a intentarlo. Ante mi asombro y tristeza, solo pude captar el
instante en que un pajarito lo tomó en su pico y se lo llevó.
¡No lo podía creer! Era la primera vez, que veía a un ser
tan pequeñito jugar alegremente en el agua, y ese encanto, se terminó así,
inesperada y súbitamente frente a mis ojos.
Sentí pena por el pequeño aventurero, que disfrutó de tan
breve alegría, por no tomar precauciones, por ignorar que otros seres habían
reparado en él.
No habrá siquiera imaginado que yo lo observaba, y mucho
menos, que los ojos de su terrible enemigo, también.
La escena, me hizo pensar en cuántas veces nosotros, los
seres humanos, y en especial manera, muchos cristianos, nos distraemos,
mientras disfrutamos de las bondades de la vida, ignorando, que hay ojos fijos en nosotros. Entre ellos, los de el que quiere, arrebatarnos lo más precioso que
tenemos, la vida.
No es que no tengamos que disfrutar de los momentos de
felicidad. Es simplemente, que lo hagamos, sin olvidar que, aunque parezca que
estamos solos, siempre hay quienes nos miran, y no todos lo hacen con bondad.
Marcela Fasanelli.
23 de noviembre de 2018
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