Cuando pienso en la amistad, me remonto a aquellos días
de escuela, de guardapolvos blancos, de pupitres con tintero.
No había entonces calculadoras, y el tañido de la
campana hacía explotar el patio de risas y de voces, y nos reuníamos alrededor
de la soga, o del elástico, esperando que nos tocara el turno de jugar.
El pensamiento me lleva a la casa de mi compañerita, o
a la de mi vecinita que tenía un enorme mundo poblado de juguetes.
Vuelvo a esas horas chispeantes, cuando escalábamos
todo lo que era más alto que nosotras, jugábamos al teatro, o inventábamos todo
tipo de juegos y experimentos.
Pensar en la amistad me transporta a esos maravillosos
días de picnic en el parque Camet y a aquellas noches divertidas que comenzaban
con una reunión vespertina, dedicada a estudiar para algún examen, y terminaban
en la ardua tarea de preparar “machetes” y coserlos al ruedo de nuestros
uniformes.
La palabra amistad me recuerda tantos secretos,
canciones y rateadas! La vereda donde
nos reuníamos los chicos y las chicas de la barra grande y de la barra chica; Y
aquel café de ensueño… mi querido Vía Véneto.
Amistad tiene color de campamentos, de encuentros con
los chicos y chicas de la iglesia. La amistad huele a flores, a césped, a
caramelos, y está poblada de canciones impregnadas de recuerdos que hacen
cosquillas en el corazón.
La amistad, que antes estaba llena de encuentros, hoy se caracteriza por esporádicos
reencuentros y alguna que otra melancolía.
Si casi todo en la vida cambia por qué no habría de
cambiar la amistad? Ella se ha transformado en un sinfín de publicaciones, de
tarjetas saludos y de fotos. En una colección de halagos, “Me gusta”, “Toques”
y “Comentarios”, con vestigios de un mundo real.
Es hermoso tener miles de amigos e intercambiar vida en
imágenes, pero me gustaría tanto volver a
las charlas de café; A las caminatas hacia la casa de otra amiga; A los
paseos a la orilla del mar…
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que ningún
invento remplaza a las risas de tus amigas y amigos, ni podría competir con el
mejor amigo del hombre, que no es el perro, como piensan muchos. Sino el que te
acompaña cuando todos te dejan, es decir, Dios.
Pensar en la amistad me motiva a agradecer al Señor,
por ser mi amigo eterno, y por haberme regalado tantas amigas y amigos que son
parte de mi vida. Algunos por las experiencias, que vivimos juntos, y otros, por
las sonrisas y palabras amables con las que me bendicen cada día en las redes
sociales.
Feliz Día de la amistad para todos!
Marcela Fasanelli.
Julio
de 2014.
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